Mostrando entradas con la etiqueta Globalización. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Globalización. Mostrar todas las entradas

sábado, 6 de febrero de 2016

LA CRISIS DE LA CLASE MEDIA

Publicado en ABC de Andalucía del día 19 de Febrero de 2016

La clase media en las sociedades occidentales se enfrenta a retos de gran calado. En el plano económico, se ha visto particularmente herida por el impacto de la crisis. Ésta ha venido acompañada de un agravamiento de las desigualdades económicas que ha sido especialmente intenso en el caso de España, en buena medida como resultado de la espectacular destrucción de empleo que padecimos. 

No obstante, la crisis de la clase media obedece fundamentalmente a factores de carácter estructural. La globalización ha acentuado la competencia internacional, en tanto las barreras comerciales entre países tienden a disminuir y la movilidad internacional de empresas y capitales a aumentar. Ello ha espoleado a su vez el fenómeno de la deslocalización industrial hacia economías en desarrollo con menores costes de producción –principalmente derivados de sus bajos costes laborales-. Estos procesos presionan a la baja los salarios y las condiciones laborales de los trabajadores en sectores industriales de los países desarrollados. 

Asimismo, la clase media se ve golpeada por el debilitamiento de los fundamentos financieros del sistema de protección social que conocemos como “Estado del bienestar”. Las empresas y las grandes fortunas pueden explotar las ventajas de la globalización localizándose en paraísos fiscales o territorios de baja fiscalidad. La consecuente erosión de las bases imponibles merma los ingresos públicos, tanto directa como indirectamente, propiciando en ocasiones una “competencia fiscal” entre países para atraer o retener empresas, rentas y patrimonios. La presión fiscal tiende a concentrarse así en las rentas del trabajo de la clase media, por ser más controlables y menos móviles.

Sin embargo, la globalización está contribuyendo también a la gestación de una nueva clase media global al favorecer el desarrollo de economías emergentes, en especial las de los dos gigantes demográficos: China e India. A resultas de ello, el mundo está cosechando logros extraordinarios en la lucha contra la pobreza extrema. Asimismo, el ciudadano medio chino e indio, entre otras economías en desarrollo, ve aumentar su renta y disminuir la distancia relativa entre ésta y la de un ciudadano norteamericano o europeo medio. La nueva clase media global se diferencia, no obstante, de la clase media de los países desarrollados por la substancial distancia que separa aún los niveles de ingreso de una y otra. 

La globalización ofrece nuevas oportunidades también a los ciudadanos de los países desarrollados, pero son los emprendedores, directivos y accionistas de las empresas con proyección global los que sacan particular ventaja de ellas. A este respecto, se llegan a observar casos sobresalientes de movilidad social ascendente en la clase media. La lista de las personas más ricas del mundo está conformada en la actualidad en buena medida por patrimonios que se han generado en una única generación, circunstancia probablemente excepcional en términos históricos. Pero el brillo de estas trayectorias personales de éxito no puede ocultar el tono más sombrío de un panorama general en el que parte de la clase media asiste con inquietud a una merma en su seguridad económica. La globalización pone al alcance de la clase media en el mundo desarrollado productos más baratos, empero puede llegar a amenazar algunos de sus empleos, sus condiciones laborales y la red de seguridad social tejida por el Estado. 

Se manifiesta así una doble paradoja: el proceso que está favoreciendo la disminución de las desigualdades económicas internacionales acentúa a su vez la desigualdad entre ricos y pobres dentro de cada economía nacional; el proceso que nutre a la “nueva” clase media global, rescatándola de la pobreza, propicia a su vez la crisis de la “vieja” clase media del mundo desarrollado. 

Estos cambios económicos están asimismo asociados a otras transformaciones de carácter tecnológico, social y político que emplazan también a la clase media en las sociedades occidentales. Así pues, el elevado ritmo de avance tecnológico característico del mundo actual supondrá que, según algunos analistas, la mayor parte de los niños de hoy desarrollarán cuando sean mayores profesiones que ahora ni siquiera existen. Las nuevas generaciones necesitarán asimismo de un bagaje de competencias muy diferentes a las que han garantizado el éxito profesional para las generaciones precedentes. Por otra parte, en el plano político, la crisis de los partidos socialdemócratas y la emergencia de partidos populistas en posiciones radicales de izquierda y derecha, que marca el actual escenario europeo, no son fenómenos ajenos a esta crisis de la clase media. 

En los próximos tiempos, el “rescate” de la clase media marcará el debate político en las sociedades desarrolladas. Pero con independencia de la acción política que pueda desarrollarse a este respecto, el futuro de las sociedades occidentales estará delimitado por la capacidad de adaptación de su clase media a las transformaciones en curso. Y el éxito de esta adaptación, tanto a nivel individual como colectivo, requiere de la comprensión y asimilación de los profundos cambios que se están produciendo en la economía global y de los muchos que se avecinan.

martes, 27 de octubre de 2015

EL TRILEMA DE LA GLOBALIZACIÓN Y CATALUÑA

Dani Rodrik, Catedrático de Economía de la Universidad de Harvard, ha señalado algunos desafíos y contradicciones asociados a la globalización, presentándolos bajo la forma de un trilema. Según Rodrik, las sociedades actuales se ven forzadas a elegir entre tres objetivos simultáneamente incompatibles; solo dos de ellos pueden alcanzarse al máximo nivel, a costa de renuncias respecto al tercero. Estos tres objetivos son la globalización económica, el estado nación y la democracia. En función de qué dos aspectos se prioricen, quedan definidos tres modelos institucionales distintos: uno está asociado al mundo de ayer, otro al mundo de hoy y el tercero -probablemente- al mundo del mañana.

Una primera opción consiste en apostar por un funcionamiento basado en estados nación totalmente independientes y  soberanos en los que los gobiernos, a través de procesos democráticos, ejecutan políticas conforme a las preferencias de la población. Según Rodrik, para que este modelo pueda desarrollarse en plenitud  hay que renunciar a elementos de la globalización y con ello a ciertas ventajas en términos de eficiencia económica. Este fue el modelo prevaleciente en el mundo occidental durante la posguerra (1945-1975), en el conocido como orden de Bretton Woods. En este período, a pesar de los importantes avances en la liberalización económica, seguían existiendo barreras relevantes al comercio de bienes y servicios y se consideraba peligrosa la libertad para los movimientos internacionales de capital, manteniéndose fuertes obstáculos a los mismos.

Una segunda opción implica decantarse decididamente a favor de la globalización económica en el marco de un modelo político sustentado sobre estados nación. Este vendría a ser el escenario actual, tras varias décadas de políticas liberalizadoras a escala mundial, e implica renuncias en el plano del funcionamiento democrático. En un contexto con libre comercio y mayor movilidad internacional de empresas y capitales, los gobiernos nacionales se ven impotentes para implementar con eficacia cierto tipo de medidas, con independencia de que cuenten con respaldo suficiente de la población. Por ejemplo, si los ciudadanos optan por políticas fiscales más redistributivas y los gobiernos las instrumentan con mayores impuestos a las empresas y a las grandes fortunas, unas y otras pueden escapar hacia territorios con una fiscalidad menos gravosa. La misma reacción se puede plantear ante reformas que establezcan restricciones o costes a las empresas en el plano laboral o ambiental. Los gobiernos y los ciudadanos se ven así sujetos a lo que Rodrik ha denominado una “camisa de fuerza dorada” que limita su capacidad de actuación política, lo que implica en última instancia una pérdida de control democrático.

El extinto modelo de la posguerra en las sociedades occidentales se basaba en un cierto equilibrio entre el ámbito político y el ámbito económico. En lo político, el estado nación democrático funcionaba bajo la premisa “un hombre, un voto”. En lo económico, el funcionamiento se basaba en las reglas del mercado, conforme a las cuales cada ciudadano “vota” según su riqueza, que determina su capacidad de adquirir bienes, servicios y activos. El equilibrio entre estos dos planos se habría roto debido al avance de la globalización. De una situación con mercados fundamentalmente nacionales regulados y corregidos por gobiernos nacionales, se ha pasado a una situación con mercados globales que los gobiernos nacionales son incapaces de regular y corregir. Las leyes del mercado se imponen  así a las de la política.

La tercera opción frente al trilema de la globalización consistiría en priorizar la globalización económica y la democracia. Hacer efectiva esta elección implicaría renuncias en el plano del estado nación, en tanto requeriría de una gobernanza global de los mercados desarrollada por instancias supranacionales. En otros términos, esta alternativa reclama la construcción de un gobierno mundial o un federalismo global -unos “Estados Unidos del mundo”- desplazando hacia estas nuevas instituciones parcelas de soberanía ahora ejercitadas a escala nacional. Este modelo, así definido, no es alcanzable ni a corto, ni a medio plazo. No obstante, existen vías más modestas para avanzar hacia la gobernanza de la globalización a través de la cooperación internacional o incluso mediante la participación de la sociedad civil. Por otra parte, existe ya una experiencia política en marcha que apunta en esta misma dirección, aunque opere en un ámbito regional: se trata de la Unión Europea.

La Unión Europea representa un proceso de construcción de una entidad supranacional que ha adquirido competencias y parcelas de soberanía antes reservadas al ámbito nacional. La crisis económica internacional y su impacto sobre la UE, en especial sobre las economías periféricas del euro, han puesto de manifiesto con suma claridad los límites que impone la “camisa de fuerza dorada” de los mercados a la acción de los gobiernos (los acontecimientos políticos en Grecia, Italia o España ilustran a la perfección este fenómeno). Ante ello, la UE parece apostar, aunque algo timoratamente, por el federalismo europeo materializado en el plan de unión bancaria o los esbozos de una posible unión fiscal. Se trata, en definitiva, de consolidar instituciones europeas con capacidad efectiva para gobernar adecuadamente el mercado único europeo (más de 1/5 del PIB mundial). 

¿Y qué tiene que ver todo esto con el actual debate político en Cataluña? Mucho. Parte de la sociedad catalana apuesta por un proyecto soberanista que reclama un estado nación catalán independiente del estado español constituido. Esta propuesta tiene un cierto cariz anacrónico. En lugar de contribuir a la construcción de estructuras de gobierno que permitan una mejor regulación de los mercados globalizados, apunta a una fragmentación de los estados nación, ya de por sí ineficaces en su formato actual como instrumento regulador. El proyecto soberanista se presenta, en este sentido, contracorriente de la estrategia adoptada en la UE, que implica desplazar competencias nacionales a las instituciones comunitarias.

El planteamiento de buena parte del bloque soberanista peca además de inconsistencia teórica a la luz del trilema de la globalización. Sí es coherente la posición de la CUP, un partido que se define claramente como anticapitalista. La apuesta por un estado-nación (catalán) y la democracia es en este caso consistente con su disposición a renunciar a la globalización y la lógica de mercado. Cosa bien distinta es que esta opción sea deseable para los catalanes. Daría lugar a una Cataluña independiente, potencialmente democrática (si no derivara hacia un modelo caudillista tipo venezolano o a un modelo totalitario tipo Corea del Norte), pero a buen seguro más pobre. Sin embargo, el planteamiento de un partido liberal conservador como Convergència resulta inconsistente en el marco del trilema de la globalización, al apostar a la vez por más estado nación -un estado catalán dentro de la UE-, democracia y globalización. La política es "el arte de lo posible". Consiste en elegir entre diversas posibilidades y "elegir" supone siempre renunciar a algo. Bien harían los catalanes en enfrentarse al trilema de la globalización reflexionando sobre lo que quieren y lo que están dispuestos a sacrificar a cambio.