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martes, 12 de abril de 2022

EL DINERO SEGÚN MARTIN AMIS

Desde una perspectiva histórica la aparición del dinero representó una innovación social extraordinaria. El dinero facilitó la coordinación a gran escala de la actividad humana más allá del alcance limitado de la colaboración interpersonal sostenida sobre la confianza y de la impuesta a través de la autoridad. El dinero impulsó así el progreso económico y social de la humanidad y se convirtió, desde su nacimiento, en un eje articulador de nuestra realidad, en un elemento central del medio en el que vivimos. De este modo, no es de extrañar que el dinero y las múltiples interpretaciones de su papel en nuestra sociedad hayan tenido reflejo frecuente en la literatura. Uno de los muchos autores contemporáneos que ha reflexionado literariamente sobre el dinero es el escritor británico Martin Amis. 

En su novela “Dinero” (1984) el protagonista y narrador del relato es John Self, un director publicitario de éxito. Self es invitado a Nueva York por un productor cinematográfico quien lo ha contratado para rodar su primera película. Amis retrata al personaje central de su obra como un hedonista auto-destructivo, alcohólico y adicto a la pornografía y a la prostitución. John Self lleva una existencia extremamente desordenada, gasta desmedidamente y vive permanentemente inadaptado al medio social.

Pero la novela tiene otro gran protagonista, el dinero, sobre el que John Self reflexiona constantemente. Self mantiene una actitud contradictoria respecto al dinero. No lo ama, pero lo gasta con desenfreno. Contribuye según él “a que funcione la maquinaria del dinero, hago esto, hago lo otro, hago recados para el dinero”. El dinero le “importa mucho”, pero a la vez le “da por el saco”. El personaje protagonista se enfrenta al dinero con cierto descreimiento: “el dinero no es más que un chiste. O un símbolo. Un símbolo sexual, o de posición social, o un símbolo fálico”. Para él “quizá el dinero sea la gran conspiración, la gran ficción”. 

Señala Self a “la gentuza adinerada y móvil” cuya “etiqueta propia” consiste en “ser desagradable, creer que tienes derecho a todo lo que recibes”, pero interpreta cínicamente ese mismo papel en su vida. Afirma que “hay que ser duro para ganar mucho dinero” porque “el dinero es tan importante para quienes lo tienen como para quienes no” y “si tú quieres mucho, lo que haces es reducir la cantidad que queda para los demás”. 

John Self reconoce que el dinero tiene grandes ventajas. Para empezar “no hay nada tan versátil como el dinero”, aunque probablemente su principal virtud es que “suaviza la decadencia de la vida”, “el dinero frena la caída”. De este modo, “si pudiésemos extender el dinero como una delgada capa por encima de todas las cosas, quizá la vida se suavizara. El mundo estaría más acolchado”. 

En opinión de Self, “el que manda es el dinero. Los únicos que eligen son los que tienen dinero”. Por lo tanto, “el dinero equivale a libertad”, pero paradójicamente “la libertad equivale a dinero. Seguimos necesitando dinero”. Es así como el dinero se convierte en “la gran adicción: todos tenemos esa adicción, y no podemos abandonar ese hábito” y, finalmente, “no hay modo de sacarte de encima ese mono pesado que es el dinero”.

Resulta así que “el dinero nos pisotea, nos acorrala, se nos mea encima, nos pone entre la espada y la pared”, de forma que “si la tierra (…) decidiera suicidarse, ya todos tenemos escritas nuestras notas de suicidio, nuestras notas de dolor: nuestros billetes de banco”. (*)

Para John Self “(…) el dinero apesta. En serio. Y cómo apesta”.


(*) La novela tiene por subtítulo "Una nota de suicidio", jugando con el término inglés note en el doble sentido de "nota" y "billete".

martes, 19 de junio de 2018

MIEDO Y LIBERTAD

En “El hombre que amaba a los perros”, Leonardo Padura, premio Princesa de Asturias de las Letras, recreó el asesinato de León Trotski por Ramón Mercader para reflexionar sobre el experimento social fallido que supuso el Comunismo en el s. XX. A lo largo de las páginas de esta novela, el escritor cubano se compadece de las víctimas del totalitarismo, “trágicas criaturas cuyos destinos están dirigidos por fuerzas superiores que los desbordan y los manipulan hasta hacerlos mierda” y condena el “fanatismo obcecado”, que ignora las tragedias personales, sacrificándolas en el altar de la historia, en aras de utopías que tarde o temprano acaban pervirtiéndose. 


La novela tiene también otro protagonista invisible pero omnipresente: el miedo. No en balde la palabra miedo aparece 142 veces a lo largo de la obra. Se trata de un miedo “común y corriente”, pero también de un miedo “extensivo y omnipresente”; un miedo “con mayúsculas, real, incisivo, omnipotente y ubicuo”; un miedo individual y también un miedo colectivo; el miedo como pulsión que mueve a los individuos y como motor de la Historia; un miedo “visceral” y lacerante; un miedo “congénito”, que “se transmite, como una herencia”; un miedo que deja “huellas”, que queda “adormecido”, pero “se despierta en la memoria”; un miedo a morir; un miedo al otro, e incluso a uno mismo.


Los antropólogos han reivindicado el valor funcional del miedo en la evolución. El miedo protege al ser humano frente a los peligros que le acechan, lo alerta y lo predispone a afrontar las amenazas, bien huyendo, bien enfrentándolas, venciendo, en este caso, al propio miedo. De una u otra forma, el miedo ha resultado útil al ser humano en el plano individual y como especie y de ahí que siga con nosotros. Desde esta perspectiva evolutiva, somos hijos del miedo. 

Pero el miedo actúa también como un enemigo implacable de la libertad, limitando el desarrollo personal del individuo y operando como un instrumento de dominación social. Con frecuencia el miedo en los grupos sociales ha obedecido y obedece a una amenaza violenta. En otros casos lo suscita el riesgo de pérdida de bienestar económico. Y en ocasiones nace y se expande como gangrena en la conciencia colectiva ante amenazas intangibles de origen más difuso. Así, Erich Fromm, psicólogo y politólogo de la Escuela de Frankfurt, mostró en “El Miedo a la libertad” algunos de los mecanismos psico-sociales a través de los cuales las sociedades pueden renunciar a la libertad por desorientación y miedo a la incertidumbre. En esa clave cabe interpretar, según Fromm, el ascenso y triunfo de Hitler y el nacional-socialismo en la Alemania de entreguerras. 

El mundo asiste en la actualidad a profundos procesos de cambio de carácter tecnológico, económico y social (robotización, deslocalización industrial, retroceso de los derechos laborales y otros recortes sociales, intensos procesos de inmigración, envejecimiento de la población, sentimientos de pérdida de identidad cultural, etc.) que están generando incertidumbres y miedos de diversa naturaleza, especialmente en las clases medias y bajas de los países desarrollados. Estos procesos coinciden con un retroceso en la democracia en el mundo, con el ascenso de diversas manifestaciones de populismo simplista y de perfiles autoritarios en el liderazgo político de las democracias occidentales y en otros ámbitos. El matonismo político se instala en muchos países, estableciendo un culto a líderes “fuertes” con discursos rotundamente demagógicos, que albergan un pensamiento “débil” y falaz. 

Ante un escenario convulso, el miedo está activándose como un resorte de alerta en muchas sociedades. El miedo, que ha sido un buen aliado del hombre, también lo ha esclavizado. Las sociedades occidentales deben afrontar los retos presentes actuando con diligencia, racionalidad y valentía. No es tiempo de ignorar los problemas, ni de hundir la cabeza en la tierra como el avestruz, pero tampoco de sucumbir al miedo, sacrificando la decencia, la democracia y la libertad. Habitamos un tiempo en el que, ante todo, debemos temer al miedo.

sábado, 1 de octubre de 2016

HOUELLEBECQ, EUROPA Y LA ECONOMÍA


“Nunca he comprendido la economía.”
Michel Houllebecq, Plataforma.

Houllebecq es el más controvertido de los escritores franceses del panorama actual, tanto por lo provocador y políticamente incorrecto de su obra, como por sus excentricidades. Acusado de islamófobo, misógino y pornógrafo, Houllebecq se incluyó como personaje en una de sus novelas, protagonizó una película, a modo de falso documental, relatando su secuestro ficticio, y ha expuesto el resultado de sus análisis de sangre, radiografías y resonancias magnéticas, entre otras pruebas médicas.

En la obra de Houllebecq pueden encontrarse frecuentes referencias a la Economía. Quien quiera profundizar en el pensamiento del autor a este respecto puede hacerlo de la mano de Bernard Maris, Catedrático de Economía y presidente del Senado francés, con el interesante ensayo bajo el título de “Houellebecq economista”. Fundador y colaborador de Charlie Hebdo, Maris falleció como consecuencia del sobrecogedor atentado terrorista perpetrado en redacción de la publicación satírica francesa en 2015.

En lo económico, la obra de Houllebecq plantea una crítica radical al capitalismo, al liberalismo económico y a la sociedad de consumo. Del primero opina que: “De todos los sistemas económicos y sociales, el capitalismo es sin duda el más natural. Eso ya basta para indicar que es el peor.” (Ampliación del campo de batalla).

El liberalismo económico es para Houllebecq “la ampliación del campo de batalla, su extensión a todas las edades de la vida y a todas las clases de la sociedad”. Este imperialismo del mercado alcanza a todas las facetas de la vida, incluida la sexual y sentimental, asunto este tratado especialmente en su novela Plataforma. El liberalismo económico conduce a la descomposición del ser humano en una frustrante búsqueda de la felicidad y una huida del aburrimiento y de la angustia existencial a través del consumo (“Comen y comen (…) ¿Qué otra cosa van a hacer?”, Plataforma). Se trata en cualquier caso de un camino sin salida que condena a la insatisfacción:

“Y si necesitamos tanto amor, ¿de quién es la culpa?
¿Si no podemos por principio adaptarnos
A un universo de transacciones generalizadas
Que tanto les gustaría vernos adoptar
A los psicólogos y demás?”
(“Confrontación” . La búsqueda de la felicidad)

Los personajes de Houllebecq habitan “un mundo terrible, un mundo de competición y de lucha, de vanidad y de violencia (…)”, el trágico escenario de un “suicidio occidental” en medio del cual no hay ninguna oportunidad de ser feliz.

Del mismo modo, la opinión de Houllebecq sobre el proyecto europeo es beligerantemente crítica. El novelista y poeta francés felicitó a los británicos por el sí en el referéndum sobre el Brexit y se ha manifestado a favor del desmantelamiento de la UE. La idea de Europa “no es democrática, no es buena”, ha llegado a manifestar.

En su última novela, Sumisión, Houllebecq fantasea con el futuro político de una Francia islamizada y al borde de una guerra civil. El imaginario partido islamista “Fraternidad Musulmana” alcanza el gobierno gracias al apoyo del partido socialista, que pretende evitar con ello la llegada al poder de la extrema derecha de Marine Le Pen.  El líder islamista Mohammed Ben Abbes anhela convertir la Unión Europea en una Unión Mediterránea, una nueva Roma extendida a ambas orillas –africana y europea- de un renovado Mare Nostrum. Houllebecq enlaza así de manera artificiosa su visión del islamismo y de la UE como dos amenazas para la democracia.

El valor de Houllebecq como economista y politólogo es muy discutible. El radicalismo y la estridencia de su pensamiento en este campo derivan en una crítica desproporcionada y excesivamente simplificadora.  Houllebecq apunta con acierto a los fallos del sistema, pero no propone alternativa alguna, e ignora o desprecia las ventajas del mercado como mecanismo de asignación de los recursos económicos. Asimismo, su apuesta por el nacionalismo frente a la construcción europea es retrógrada e ingrata con una institución que ha salvaguardado la paz europea durante más de medio siglo y constituye un instrumento necesario para perseguir un gobierno más democrático de la globalización (de lo que hablé aquí). 

El Houllebecq psicólogo social indaga, sin embargo, con lucidez en las llagas de la sociedad occidental contemporánea. Leer a Houllebecq es un ejercicio lacerante, pero a la vez una inquietante forma de disfrute literario que nos enfrenta con clarividencia a los fantasmas y patologías de las sociedades occidentales en el s. XXI.

viernes, 26 de diciembre de 2014

SOBRE LAS UVAS DE LA IRA Y LAS DE AÑO NUEVO

En breve la ingesta de doce uvas marcará la cuenta atrás en el inicio de un año nuevo que traerá, según indican las previsiones, un fortalecimiento de la recuperación económica en España. En la antesala a este cambio de calendario el gobierno actual se ha apresurado en despedirse de la misma crisis que con excesiva tardanza admitió el gobierno anterior

Más allá de la gesticulación política, cuando este triste episodio concluya, la sociedad española habrá afrontado lo que la historiografía contemporánea consagrará como una auténtica “depresión”, como la crisis económica más grave desde la Guerra Civil. Para varias generaciones de economistas el referente ineludible de la depresión como fenómeno económico lo constituyó la “Gran Depresión” que estallara con el “crack” bursátil de 1929 en EE.UU. Y la Gran Depresión tiene su gran novela: “Las uvas de la ira” de John Steinbeck.

Los protagonistas de esta obra son los Joad, una familia de agricultores del estado de Oklahoma a los que, como a otras muchas familias de la zona, los bancos embargan su propiedad por el impago de préstamos, siendo expulsados de su propia tierra y hogar. En este contexto las grandes compañías irrumpen en la región introduciendo una agricultura capitalista con sistemas de explotación mecanizados. Ante la falta de oportunidades de empleo, los agricultores de esta zona deprimida del “South Central” estadounidense optan por emigrar a California, donde se demanda mano de obra para la cosecha de los viñedos. 

Al llegar a su destino, los Joad encuentran una realidad no menos dura que aquella de la que escapan: la llegada masiva de emigrantes ha generado un exceso de oferta de mano de obra que condena a los agricultores a salarios de subsistencia, condiciones laborales deplorables y ausencia de derechos. A ello se une el rechazo de algunos colectivos de la sociedad local, que acosan a los emigrantes instalados en campamentos. Las ayudas establecidas por la Administración, en el marco del New Deal de Roosevelt, son insuficientes y no alcanzan al conjunto de los necesitados. En esta magnífica novela, Steinbeck reivindica el valor de la dignidad y la solidaridad humanas frente a la injusticia económica y social. La estremecedora escena que cierra la obra destila profunda amargura, no exenta de un cálido hilo de esperanza. 

Afortunadamente las condiciones materiales e institucionales han mejorado substancialmente desde los años treinta del siglo pasado. El desolador escenario descrito por Steinbeck para el EE.UU. de la Gran Depresión dista mucho del que observamos en la España de esta crisis que nos acometió embozada tras una burbuja inmobiliaria. Sin embargo, los paralelismos son inevitables: desahucios, desempleo masivo, emigración, rechazo de los inmigrantes, solidaridad familiar como mecanismo de supervivencia, situaciones de necesidad económica, dramas familiares e individuales,... La misma música estridente y luctuosa, aunque con una letra diferente, adaptada a otro tiempo.

La crisis española no tiene aún su gran novela, ni tampoco su punto final. Desde una óptica macroeconómica, hemos caído mucho y mucho tardaremos en recuperar los niveles anteriores al estallido de la crisis. Según el Servicio de Estudios del BBVA, España no recobrará el número de empleos previo a la crisis hasta 2025 y cabe esperar que mantendremos tasas de desempleo socialmente inaceptables por un período de tiempo dolorosamente largo.

Los datos y las estimaciones avalan la mirada optimista a un año que todas las opiniones coinciden en asociar a una aceleración del crecimiento económico. No obstante, la evolución de la economía española estará sujeta en los próximos tiempos a elevados riesgos e incertidumbres derivados del contexto europeo y mundial, así como a la intensidad y acierto de las reformas que necesitamos y debemos emprender. Lo primero nos vendrá dado, lo segundo dependerá de nosotros mismos. 

Desde un punto de vista microeconómico, la crisis tiene millones de rostros distintos. Para muchos españoles 2015 marcará efectivamente el final de la etapa de vacas flacas. Para otros ya lo hizo 2014. Algunos pocos habrán conseguido esquivar la crisis durante estos años con mínimos rasguños o incluso habrán sacado provecho de ella. Sin embargo, otros muchos españoles solo atisban aún en el horizonte el final de la pesadilla, mientras que algunas familias se enfrentan ahora a lo peor de “su” propia crisis. 

Así pues, a los afortunados que dejan la crisis atrás, he aquí mi enhorabuena. A los más desfavorecidos, mis deseos de entereza y fortaleza ante la adversidad. Espero que las uvas que cosechéis no sean de ira, sino de solidaridad, justicia y esperanza y que en 2015, con más o con menos, todos seamos juntos un poco más felices.

miércoles, 8 de octubre de 2014

LOS BUDDENBROOK Y LA PRESUNTA MALDICIÓN DE LA EMPRESA FAMILIAR


Una empresa es un ser vivo, una forma elemental de vida económica. Como tal, toda empresa nace, crece, eventualmente se reproduce (eso que en terminología anglosajona se conoce como spin-off) e inevitablemente muere. Ninguna empresa puede esquivar este desenlace, pero sobre las empresas familiares parece pesar un mal congénito que limita fatalmente su existencia condenándolas a la extinción antes de superar la tercera generación. De este modo, según datos del Instituto de Empresa Familiar para el caso español, el 50% de las empresas familiares alcanza la segunda generación y solo el 15% sobrevive a la tercera.

Esta “maldición” de la empresa familiar se encuentra estrechamente vinculada al problema de la sucesión del empresario. El proceso de reemplazo generacional con frecuencia plantea conflictos familiares irresolubles o sitúa al frente de la organización a individuos con escasa vocación empresarial, poco arrojo e ilusión, o habilidades insuficientes para asumir con éxito el liderazgo y buen gobierno del negocio.

Mucho han discutido los economistas de la empresa sobre esta cuestión, pero nadie ha podido ilustrar tan magistralmente la problemática de la empresa familiar como el escritor alemán Thomas Mann en su novela “Los Buddenbrook”. 

La obra, ambientada en la ciudad alemana de Lübeck a mediados del siglo XIX, narra las vicisitudes de una familia de comerciantes a lo largo de cuatro generaciones que van marcando la decadencia y el ocaso final del negocio. Esta novela, que Mann escribiera con solo veinticinco años, fue el principal mérito alegado por la Academia Sueca para conceder a su autor el Premio Nobel de Literatura.

El destino trágico de la empresa familiar queda sublimemente simbolizado en “Los Buddenbrook” en una premonitoria escena que sitúa al niño Hanno Buddenbrook, el hijo único llamado a heredar el negocio, frente al preciado cuaderno donde se recoge el árbol genealógico y se anotan los grandes acontecimientos familiares. 

Nos cuenta entonces Mann como Hanno “(…) colocó la regla debajo de su nombre, recorrió con la mirada todo aquel entramado genealógico una vez más y, con gesto sereno y sin pensar en nada, tan cuidadosa como mecánicamente, trazó una bonita y limpia doble línea con el plumín atravesando en diagonal todo el espacio restante, tal y como le habían enseñado en el colegio a adornar las páginas del cuaderno de matemáticas.” Y cuando su padre, el senador Thomas Buddenbrook, le recrimina indignado su acción, Hanno solo puede a duras penas balbucear: “Es que… yo creí que…, creí que después ya no venía nada más…”.

Sin embargo, no todas las empresas familiares sucumben a este mortal maleficio. La más antigua del mundo, la hotelera japonesa Hoshi Ryokan, cuenta nada menos que 1289 años de existencia. En el selecto grupo de las empresas familiares más longevas se encuentran dos compañías españolas: Codorníu, con más de cinco siglos de vida, y Bodegas Osborne, con más de 200 años de antigüedad. Curiosamente, la firma andaluza fue fundada por otro Mann, el británico Thomas Osborne Mann, en 1772. 

Asimismo, algunas de las mayores corporaciones internacionales nacieron como empresas familiares y en alguna medida siguen siéndolo tras protagonizar brillantes trayectorias empresariales. Baste citar casos como los de Wall-Mart, Ford Motor Co., LG Group, Hyundai Motor o las españolas Banco Santander, el Corte Inglés, Mercadona, Fomento de Construcciones y Contratas (FCC) o Inditex (Zara).

La vida de las empresas, como la de las personas, desemboca más tarde o más temprano en su desaparición, pero antes se ofrece como una página en blanco con infinitas posibilidades. Quizás la mayor trascendencia posible para unas y otras consista, como en el caso de “Los Buddenbrook”, en llenar esas páginas con bellas historias. Puede que eso sea todo a lo que quepa aspirar. Puede que quepa aspirar nada menos que a eso.