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martes, 8 de diciembre de 2015

ABENGOA: EXCEPCIÓN Y SÍNTOMA

Abengoa representaba la gran historia de éxito empresarial andaluz en el último siglo. Compañía familiar creada por Javier Benjumea Puigcerver en 1941 –en enero cumplirá 75 años-, la continuidad de la empresa vino de la mano de sus hijos, Felipe y Javier Benjumea Llorente, quienes convirtieron a Abengoa en una multinacional con cerca de 25.000 empleados en todo el mundo, facturando más de 7.000 millones de euros, un 88% fuera de España. Hoy este buque insignia de la economía andaluza se encuentra al borde del naufragio. Prepara el que podría ser el mayor concurso de acreedores de la historia de España y su supervivencia pasará necesariamente por una reestructuración dramática.

Resulta interesante contemplar el auge y caída de Abengoa a la luz de la tesis que el politólogo norteamericano Francis Fukuyama propusiera en su libro “Trust: The Social Virtues and The Creation of Prosperity”. Fukuyama defiende en esta obra la hipótesis de que la cultura afecta a la economía, siguiendo la estela abierta por Max Weber con su clásico “La ética protestante y el espíritu del capitalismo”. Las decisiones empresariales están condicionadas, según Fukuyama, por valores culturales impregnados en cada sociedad. Entre estos valores se encuentran la confianza mutua y el sentido de la reciprocidad que, junto a la capacidad de cooperación que se deriva de ellas, conforman el concepto de “capital social”. Estos valores y normas sociales son interiorizados por los individuos a través del proceso de socialización, lo que determina que no todas las sociedades disfruten de los mismos niveles de este recurso. 

Las sociedades con una mejor dotación de capital social actúan de modo más eficiente, como resultado de la cooperación y la eliminación de importantes costes de transacción –internos a la empresa y derivados del uso del mercado- que se manifestarían en un contexto de desconfianza, incumplimiento de las obligaciones sociales y falta de colaboración. Asimismo, en las sociedades con más confianza interpersonal existe una mayor sociabilidad espontánea, favoreciendo la aparición de asociaciones e instituciones que ocupan un ámbito intermedio entre la familia y el Estado. Se conforma, de este modo, una sociedad civil más vigorosa que impulsa y canaliza la interacción social orientada al logro de objetivos colectivos. Sin embargo, en aquellas sociedades con un pobre capital social, la confianza interpersonal se limita al ámbito de la familia y los amigos más cercanos, más allá de los cuales, la única institución con capacidad para articular acciones de carácter colectivo –aún con limitada eficacia- es el Estado. 

Según Fukuyama, la influencia del capital social es fundamental para la empresa, como unidad económica y social. Prácticamente todas las compañías tienen un origen familiar, pero en sociedades con escaso capital social la empresa solo prospera y crece en el marco de la familia, como grupo social primario. En este ambiente cultural se limita la gestión profesionalizada, la innovación organizativa y el crecimiento empresarial, debido a la desconfianza frente a los individuos ajenos a la familia. Como consecuencia de ello, en territorios con poco capital social escasean las grandes empresas, predominando absolutamente las microempresas y las pequeñas empresas familiares. Fukuyama señala a Italia como ejemplo de sociedades con escasa confianza interpersonal, en comparación con otras con alto nivel de confianza como EE.UU, Japón o Alemania. Su argumentación podría aplicarse a tejidos empresariales como el español y, muy particularmente, el andaluz, que destaca por una atomización asociada a la apabullante presencia de microempresas (96% del total de empresas) y la práctica ausencia de grandes empresas autóctonas. 

Abengoa representaba la gran excepción a este patrón. Los Benjumea supieron abrir esta empresa familiar al talento, la innovación y el capital externo. Abengoa, la única empresa andaluza que cotizaba en el IBEX, ha sido todo un símbolo de innovación en Andalucía y el mundo. La compañía parecía haber escapado a los límites asociados a la empresa familiar en el contexto de territorios con escaso capital social, pero no lo hizo definitivamente… 

La compañía sevillana ha sido también una empresa excepcional en el entorno andaluz por un segundo motivo: su ambición. Así pues, apostó por convertirse en un líder mundial del negocio de las energías renovables, lo que implicaba una necesidad de financiación extraordinaria. Y la ambición colisionó aquí con las limitaciones de la empresa familiar. La búsqueda de nuevos accionistas para ampliar los fondos propios de Abengoa hubiera conllevado para la familia Benjumea la pérdida del control de la empresa. El crecimiento acelerado de Abengoa se sustentó así en el endeudamiento en un contexto económico que resultaba propicio para ello. El endurecimiento de las condiciones financieras a partir de la crisis llevó a Abengoa a liquidar activos (venta de sus filiales Telvent y Befesa o salida a bolsa de Abengoa Yield) como forma de financiar el crecimiento de su negocio en energía solar. Solo cuando todos los canales de financiación quedaron cerrados y el nivel de endeudamiento se tornó insostenible, la familia Benjumea aceptó las condiciones de los bancos acreedores e impulsó una (por el momento frustrada) ampliación de capital, que los dejaría sin el control de Abengoa. Era demasiado tarde. 

La atomización empresarial que caracteriza a la estructura productiva andaluza y la crisis de Abengoa serían consistentes con la tesis de Fukuyama. La fragilidad de nuestra estructura empresarial podría encontrar bajo esta hipótesis una de sus causas en la insuficiencia de capital social. Esta deficiencia podría ser también responsable de la ausencia de instituciones que vertebren eficazmente la sociedad civil andaluza, impulsando el desarrollo regional, más allá de la alargada presencia de los poderes públicos.

jueves, 26 de febrero de 2015

ANDALUCÍA, ARISTÓTELES Y LA AMBICIÓN ECONÓMICA


El retraso económico que Andalucía mantiene con respecto a las regiones españolas y europeas más avanzadas tiene múltiples motivos y carece de explicaciones simples. A este respecto, cabe reflexionar sobre el papel que pueda jugar, entre otros muchos factores, la cultura y, en particular, una insuficiente “ambición económica”. 

Por “ambición económica” entiendo aquí el deseo ardiente de alcanzar unas mejores condiciones de vida a través del incremento de la renta y la riqueza. La ambición económica tiene manifestaciones diversas: En el caso de los trabajadores se proyecta sobre su afán por progresar en el plano laboral; en el caso de los empresarios se materializa en la actividad emprendedora y el crecimiento empresarial. 

Entendida en estos términos, la ambición económica, y muy particularmente la ambición empresarial, constituye un motor fundamental de la dinámica capitalista. Pero en cualquier sociedad este impulso económico se contrapesa con otras finalidades del comportamiento humano no vinculadas a la búsqueda de la riqueza material (el altruismo, el amor y las relaciones personales, el prestigio y reconocimiento social, las creencias religiosas, los valores éticos, entre otras). Estos otros factores motivacionales se encuentran también impregnados en la cultura y la forma de entender la vida de la población.

La ausencia de ambición económica representa un grave problema colectivo en tanto supone una condena a la pobreza. Una comunidad que se acomoda en la pobreza no puede progresar. Es una sociedad enferma. Sin embargo, ésta no es la única patología posible asociada a la ambición económica. 

En 1930 John Maynard Keynes en una conferencia pronunciada en Madrid bajo el título “Las posibilidades económicas de nuestros nietos” defendió que el problema económico dejaría de ser en el futuro una preocupación para la humanidad. Llegado ese feliz momento la acumulación de riqueza no tendría relevancia social y se producirían cambios substanciales en los preceptos morales. Profetizaba Keynes que

“el amor al dinero como posesión –a diferencia del amor al dinero como un medio de gozar de las realidades de la vida- será reconocido por lo que es, una morbidez, algo odioso, una de esas propensiones semidelictivas, semipatológicas, que uno entrega con un encogimiento de hombros a los especialistas en enfermedades mentales”.

El ilustre economista británico apuntaba aquí a otra manifestación deformada y enfermiza de la ambición económica: la pasión incontrolada e ilimitada por la riqueza. 

Así pues, para la ambición económica parece ser de aplicación lo que señalara Aristóteles en su “Ética a Nicómaco” en relación con otras pasiones o acciones humanas: “la virtud es un medio entre dos vicios, que pecan, uno por exceso, otro por defecto”. Según el propio Aristóteles, ese justo medio no viene dado por una única medida para todas las personas, sino que cada cual debe buscarlo respecto así mismo.

Lo cual me lleva, volviendo a Andalucía, al interrogante final: 

¿Se sitúa la sociedad andaluza en el justo medio de saludable ambición económica que le permita proveerse a sí misma de unas condiciones de bienestar material ajustadas a la medida de su particular idiosincrasia y actitud ante la vida? 

Aquí dejo mi pregunta, tuya es la respuesta.

Con Joaquín Guzmán en el recuerdo.