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domingo, 28 de junio de 2015

NASH, LA GALLINA Y EL LÁTIGO. A PROPÓSITO DEL GREXIT

El pasado 23 de Mayo falleció John F. Nash, matemático norteamericano que obtuvo el Premio Nobel de Economía (1994) por sus aportaciones a la teoría de juegos y los procesos de negociación. La figura de Nash se acercó al gran público a través de la película titulada “A beautiful mind” (2001) (“Una mente maravillosa”), en la que el papel de Nash lo interpretaba el actor Russell Crowe. La cinta, galardonada con cuatro premios Óscar, relata el tramo central de la vida de Nash.

Nash estaba dotado de unas capacidades extraordinarias, como avala la carta de recomendación que para él escribiera el Profesor Richard J. Duffin de la Carnegie Mellon University en Pittsburgh. La escueta pero inmejorable referencia dirigida al Director del Departamento de Matemáticas de Princeton University es una pequeña joya del género epistolar:

<<This is to recommend Mr. John F. Nash Jr. who has applied for entrance to graduate collegue at Princeton.
Mr. Nash is nineteen years old and is graduating for Carnegie Tech in June. He is a mathematical genious.
Your sincerely, >>

Paradójicamente la vida de Nash estuvo marcada por un grave desequilibrio mental: una esquizofrenia que le llevó a estar hospitalizado en varios centros psiquiátricos. Como escribiera Truman Capote: “Cuando Dios da un don también da un látigo para fustigarse”. Nash disponía de una mente prodigiosa y a la vez enferma. El resultado fueron algunas aportaciones substanciales a las Matemáticas y la Economía y una vida de película. 

Nash aportó un concepto de solución para juegos con dos o más participantes -el "equilibrio de Nash”- donde cada jugador adopta la estrategia que maximiza sus ganancias conocidas las estrategias de los otros. Un problema analizable aplicando esta noción es el conocido como “juego de la gallina” (“game of chicken”), que en una de sus versiones quedó inmortalizado en otra película, “Rebelde sin causa”, interpretada por James Dean. En ella dos jóvenes conducen sus automóviles hacia un precipicio; el primero en saltar del coche es el “gallina”. En la versión más habitual del juego, dos conductores dirigen sus vehículos frontalmente el uno hacia el otro. El primero que se desvía de la trayectoria de choque pierde, evitando, no obstante, el escenario catastrófico de colisión. Existen dos equilibrios de Nash para este juego y son cada una de las situaciones en las que un jugador gira y el otro no. 

Las negociaciones entre Grecia y la Unión Europea en el marco de la crisis del Euro se han interpretado hasta ahora como un juego de la gallina. La estrategia de cada una de las partes ha pasado por retrasar cualquier concesión significativa al otro jugador. La pérdida que supondría para ambas partes ceder en la negociación sería menor en comparación con la que se produciría si ninguno cediera. El escenario de colisión conllevaría la salida de Grecia del Euro -“Grexit”- y la inestabilización consiguiente de la Eurozona. La estrategia más razonable para cualquiera de las dos partes implicaría realizar concesiones evitando el escenario catastrófico. Sin embargo, el final de negociación parece haberse precipitado el pasado fin de semana haciendo el choque inminente. 

Los últimos acontecimientos ponen en duda que esta negociación responda ya a las condiciones de un juego de la gallina. Los términos del juego podrían haber cambiado y los jugadores estar valorando la colisión -“Grexit”- como un escenario asumible:

- El gobierno griego podría entender que la salida del euro y la re-introducción de un dracma hiper-devaluado, junto a una reestructuración unilateral de la deuda, serían una opción aceptable a pesar de los altísimos costes que implicaría a corto plazo (corralito, controles de capitales, pérdida de capacidad adquisitiva a resultas de la devaluación…).  El coste político que asumiría el gobierno, siempre que la población apoyara esta alternativa en referéndum, podría juzgarse como menor que el derivado de adoptar las medidas exigidas por Bruselas, entre ellas una impopular reforma de las pensiones. Ello dependería también del estímulo que un dracma devaluado pudiera dar a las exportaciones y el crecimiento económico griego en el medio plazo.

- La UE, por su parte, podría entender que el ajuste de la economía griega con un gobierno populista y el corsé del Euro es inviable. Asimismo, podría juzgar que la Eurozona está preparada hoy por hoy para soportar la salida de Grecia sin que ello induzca a cuestionar la irreversibilidad del Euro como proyecto europeo. Ello obligaría, en todo caso, a la UE a asegurar diques de contención que frenaran el contagio de la crisis a otras economías periféricas, así como a dar un impulso decidido y urgente a reformas ambiciosas que consolidaran la arquitectura del Euro (por ejemplo, un sistema de transferencias entre países a través de un auténtico presupuesto federal europeo), fortaleciendo la credibilidad de la moneda común. 

En cualquier caso, sea cual sea el tipo de juego que se desarrolla estos días en el tablero europeo, resultan trágicamente premonitorias las palabras sobre Europa pronunciadas en 1971 por otro ilustre economista del siglo XX, Nicholas Kaldor: 

<<But it is a dangerous error to believe that monetary and economic union can precede a political union or that it will act (in the words of the Werner report) “as a leaven for the evolvement of a political union which in the long run it will in any case be unable to do without”. For if the creation of a monetary union and Community control over national budgets generates pressures which lead to a breakdown of the whole system it will prevent the development of a political union, not promote it. >>

Parafraseando de nuevo a Capote, cuando la UE se dotó del don de una moneda única (sin una suficiente unión política previa) también se proveyó de un látigo con el que fustigarse. Y en ello andamos ahora los europeos. A latigazo limpio. Pésimas noticias para Europa. 

martes, 31 de marzo de 2015

LOS SISTEMAS ECONÓMICOS Y BILLY WILDER

Los sistemas económicos representan modelos alternativos de organización social. Cada sistema se construye sobre unos mecanismos o procedimientos sociales específicos que permiten dar respuesta a tres cuestiones básicas: ¿qué producir? ¿cómo producirlo? ¿y cómo repartir lo producido?. Estas tres preguntas conforman el núcleo esencial del “problema económico”. Los diversos sistemas que existen o han existido a lo largo de la historia han propuesto soluciones distintas a este problema con mayor o menor éxito. Así pues, en el sistema capitalista la respuesta a estas preguntas se obtiene, de un modo descentralizado, a través de la institución del mercado, mientras que en el sistema comunista es el Estado, a través de la elaboración de planes económicos, el que decide.

La reflexión sobre los sistemas económicos se centró en el siglo XX en la contraposición entre estos dos sistemas rivales. Hoy día, ante la práctica desaparición del Comunismo (con trágicas excepciones como Cuba o Corea del Norte), el debate se centra en la crítica al Capitalismo, la búsqueda de alguna alternativa consistente al mismo, o el análisis de modelos híbridos como el Capitalismo de Estado, señalado como una de las claves del éxito económico de China en las últimas décadas. 

En este principio de siglo XXI hay quien aprecia un Capitalismo más consolidado y fuerte que nunca y también quien lo ve en crisis y vislumbra cercano su final. Unos lo consideran un sistema depredador y maléfico que esclaviza al hombre y destruye el medio; otros ensalzan sus virtudes y lo contemplan como el fruto sofisticado y definitivo de un proceso histórico de mejora en la organización de las sociedades humanas. En este sentido, para el politólogo estadounidense Francis Fukuyama el Capitalismo representa el "fin de la historia".

Lo que resulta a todas luces indiscutible es la superioridad técnica del sistema de mercado (a pesar de sus fallos) frente a la planificación central y también la capacidad del Capitalismo de movilizar las fuerzas productivas a través del papel de los incentivos económicos. Tampoco cabe duda de la tendencia del Capitalismo a generar desigualdades crecientes e inasumibles socialmente si no se introducen mecanismos correctores.

El Capitalismo no goza de buena reputación. Solo un 18% de los ciudadanos europeos, según este estudio, lo respalda y la sociedad española parece mostrar una posición especialmente anticapitalista.

Sin embargo, la bondad de un sistema económico no puede juzgarse en abstracto, sino en el contexto de su adaptación a la propia naturaleza humana: El motor del sistema es el ser humano, ese ente limitadamente racional, con sus grandezas y sus miserias, creador de muestras sublimes de belleza artística, capaz de actos asombrosos de heroísmo, altruismo y superación, pero también de las mayores atrocidades, del egoísmo más extremo, del “horror” que Joseph Conrad puso en la boca y el corazón del enigmático Kurtz en “El Corazón de las Tinieblas”. 

Es por ello que para reflexionar con profundidad sobre los sistemas económicos no basta con ser un buen economista técnicamente hablando, es necesario ser un gran conocedor del alma humana. Y nadie que haya visto sus películas pondrá en duda que Billy Wilder lo era. El director y guionista de origen austriaco, que escapó del nazismo para encontrar refugio en EE.UU., parodió al Capitalismo y al Comunismo en su obra de 1961 “Un, dos, tres” con una chispeante mezcla de humor delirante y fina sátira. 

El protagonista principal de la película es el señor MacNamara, jefe de ventas norteamericano de Coca-Cola en el Berlín occidental de la Guerra Fría. MacNamara sueña con el éxito profesional que le supondría la penetración de Coca-Cola en el bloque comunista, traspasando ese Telón de Acero que en Berlín cobraba la forma de un muro de hormigón. Un buen día el Presidente de Coca-Cola le pide a MacNamara que cuide de su hija durante una próxima visita a Berlín. El conflicto surge cuando ésta se enamora de un joven comunista del Berlín oriental, lo que MacNamara contempla desesperado como la ruina definitiva de sus planes de progresión en la compañía. El film nos muestra las peripecias del protagonista en su desvelo por deshacer la relación entre los dos jóvenes antes de que llegue a conocimiento del padre de la chica.

“Un, dos, tres” está plagada de diálogos vibrantes e impregnados de la profunda inteligencia característica del genio de Wilder. A título de ejemplo, en este fragmento el joven comunista define al Capitalismo como “una sardina muerta y podrida en la basura: reluce, pero apesta”. En otro diálogo, este mismo joven exclama escandalizado a un comisario de policía del Berlín oriental: “¡¡¿Acaso todo el mundo está corrompido?!!”; y éste último responde con un sarcástico “No conozco a todo el mundo”.

La película representa una irónica reflexión sobre los sistemas económicos… y muchas cosas más. Se trata de una obra imprescindible que nos habla, con una mezcla de acidez y ternura, de las imperfecciones de cualquier sistema, que no son sino el reflejo de la propia imperfección humana. Porque como reconoce la frase final de "Con faldas y a lo loco", otra de las grandes obras de Wilder, "nadie es perfecto". Y el Capitalismo tampoco.