domingo, 28 de junio de 2015

NASH, LA GALLINA Y EL LÁTIGO. A PROPÓSITO DEL GREXIT

El pasado 23 de Mayo falleció John F. Nash, matemático norteamericano que obtuvo el Premio Nobel de Economía (1994) por sus aportaciones a la teoría de juegos y los procesos de negociación. La figura de Nash se acercó al gran público a través de la película titulada “A beautiful mind” (2001) (“Una mente maravillosa”), en la que el papel de Nash lo interpretaba el actor Russell Crowe. La cinta, galardonada con cuatro premios Óscar, relata el tramo central de la vida de Nash.

Nash estaba dotado de unas capacidades extraordinarias, como avala la carta de recomendación que para él escribiera el Profesor Richard J. Duffin de la Carnegie Mellon University en Pittsburgh. La escueta pero inmejorable referencia dirigida al Director del Departamento de Matemáticas de Princeton University es una pequeña joya del género epistolar:

<<This is to recommend Mr. John F. Nash Jr. who has applied for entrance to graduate collegue at Princeton.
Mr. Nash is nineteen years old and is graduating for Carnegie Tech in June. He is a mathematical genious.
Your sincerely, >>

Paradójicamente la vida de Nash estuvo marcada por un grave desequilibrio mental: una esquizofrenia que le llevó a estar hospitalizado en varios centros psiquiátricos. Como escribiera Truman Capote: “Cuando Dios da un don también da un látigo para fustigarse”. Nash disponía de una mente prodigiosa y a la vez enferma. El resultado fueron algunas aportaciones substanciales a las Matemáticas y la Economía y una vida de película. 

Nash aportó un concepto de solución para juegos con dos o más participantes -el "equilibrio de Nash”- donde cada jugador adopta la estrategia que maximiza sus ganancias conocidas las estrategias de los otros. Un problema analizable aplicando esta noción es el conocido como “juego de la gallina” (“game of chicken”), que en una de sus versiones quedó inmortalizado en otra película, “Rebelde sin causa”, interpretada por James Dean. En ella dos jóvenes conducen sus automóviles hacia un precipicio; el primero en saltar del coche es el “gallina”. En la versión más habitual del juego, dos conductores dirigen sus vehículos frontalmente el uno hacia el otro. El primero que se desvía de la trayectoria de choque pierde, evitando, no obstante, el escenario catastrófico de colisión. Existen dos equilibrios de Nash para este juego y son cada una de las situaciones en las que un jugador gira y el otro no. 

Las negociaciones entre Grecia y la Unión Europea en el marco de la crisis del Euro se han interpretado hasta ahora como un juego de la gallina. La estrategia de cada una de las partes ha pasado por retrasar cualquier concesión significativa al otro jugador. La pérdida que supondría para ambas partes ceder en la negociación sería menor en comparación con la que se produciría si ninguno cediera. El escenario de colisión conllevaría la salida de Grecia del Euro -“Grexit”- y la inestabilización consiguiente de la Eurozona. La estrategia más razonable para cualquiera de las dos partes implicaría realizar concesiones evitando el escenario catastrófico. Sin embargo, el final de negociación parece haberse precipitado el pasado fin de semana haciendo el choque inminente. 

Los últimos acontecimientos ponen en duda que esta negociación responda ya a las condiciones de un juego de la gallina. Los términos del juego podrían haber cambiado y los jugadores estar valorando la colisión -“Grexit”- como un escenario asumible:

- El gobierno griego podría entender que la salida del euro y la re-introducción de un dracma hiper-devaluado, junto a una reestructuración unilateral de la deuda, serían una opción aceptable a pesar de los altísimos costes que implicaría a corto plazo (corralito, controles de capitales, pérdida de capacidad adquisitiva a resultas de la devaluación…).  El coste político que asumiría el gobierno, siempre que la población apoyara esta alternativa en referéndum, podría juzgarse como menor que el derivado de adoptar las medidas exigidas por Bruselas, entre ellas una impopular reforma de las pensiones. Ello dependería también del estímulo que un dracma devaluado pudiera dar a las exportaciones y el crecimiento económico griego en el medio plazo.

- La UE, por su parte, podría entender que el ajuste de la economía griega con un gobierno populista y el corsé del Euro es inviable. Asimismo, podría juzgar que la Eurozona está preparada hoy por hoy para soportar la salida de Grecia sin que ello induzca a cuestionar la irreversibilidad del Euro como proyecto europeo. Ello obligaría, en todo caso, a la UE a asegurar diques de contención que frenaran el contagio de la crisis a otras economías periféricas, así como a dar un impulso decidido y urgente a reformas ambiciosas que consolidaran la arquitectura del Euro (por ejemplo, un sistema de transferencias entre países a través de un auténtico presupuesto federal europeo), fortaleciendo la credibilidad de la moneda común. 

En cualquier caso, sea cual sea el tipo de juego que se desarrolla estos días en el tablero europeo, resultan trágicamente premonitorias las palabras sobre Europa pronunciadas en 1971 por otro ilustre economista del siglo XX, Nicholas Kaldor: 

<<But it is a dangerous error to believe that monetary and economic union can precede a political union or that it will act (in the words of the Werner report) “as a leaven for the evolvement of a political union which in the long run it will in any case be unable to do without”. For if the creation of a monetary union and Community control over national budgets generates pressures which lead to a breakdown of the whole system it will prevent the development of a political union, not promote it. >>

Parafraseando de nuevo a Capote, cuando la UE se dotó del don de una moneda única (sin una suficiente unión política previa) también se proveyó de un látigo con el que fustigarse. Y en ello andamos ahora los europeos. A latigazo limpio. Pésimas noticias para Europa. 

viernes, 29 de mayo de 2015

LA POLÍTICA ECONÓMICA PARA UN NUEVO MODELO PRODUCTIVO

El estallido de la burbuja de la construcción y la crisis posterior han evidenciado la necesidad de avanzar hacia un nuevo modelo productivo que permita consolidar la recuperación económica y afrontar algunas de las debilidades estructurales de la economía española. En este sentido, podemos preguntarnos por el papel que la política económica puede jugar a fin de favorecer tal cambio de modelo productivo. Y existen dos estrategias alternativas. 

Una primera opción, de corte más intervencionista, partiría de la identificación desde el estado de los sectores económicos llamados a constituirse en motores del crecimiento y en yacimientos de empleo. Al objeto de impulsar el cambio de modelo, los poderes públicos orientarían selectivamente la inversión y los incentivos públicos hacia estos sectores. Los candidatos previsibles serían algunas actividades de alto nivel tecnológico o buenas perspectivas de futuro. En el escenario actual, esta estrategia, con un alto protagonismo estatal, queda substancialmente constreñida por las exigencias de contención presupuestaria. Más allá de esta limitación, argumentos de peso desaconsejan esta vía. 

En una economía de mercado la detección de las oportunidades de negocio con mayor potencial no es una función propia de la iniciativa pública, sino de los emprendedores y de las empresas privadas. Es a estos a los que corresponde leer las señales del mercado y valorar las capacidades competitivas de sus empresas para tomar en consecuencia sus decisiones de inversión. Difícilmente podrá el Estado en una economía de mercado madura reemplazar con éxito a la iniciativa privada en este cometido, que constituye el núcleo central de la planificación estratégica en la empresa y la esencia de la perspicacia emprendedora.

Por otra parte, las oportunidades de negocio atractivas pueden encontrarse también en sectores maduros que difícilmente serían catalogados como “estratégicos” en ningún análisis de prospectiva. Así, por ejemplo, incuestionables referentes de éxito empresarial en los últimos tiempos en España o Suecia como, respectivamente, Inditex e Ikea se encuadran en sectores, como el textil/confección o la industria del mueble, que a priori habrían sido calificados como industrias tradicionales sin especial relevancia estratégica, ni proyección de futuro. La clave de estas historias de éxito empresarial se encuentra en aspectos intangibles como el diseño, la organización, el marketing o la innovación y estos factores son aplicables potencialmente a cualquier actividad, no sólo a las de un nivel tecnológico más alto.

Frente a esta estrategia de política industrial beligerante, cabe un planteamiento alternativo que confíe el liderazgo productivo a la iniciativa empresarial privada, limitándose a un papel de acompañamiento activo. Bajo este enfoque, la acción pública debería preocuparse fundamentalmente por crear un marco general favorable a la actividad empresarial, que estimule el surgimiento y el desarrollo fluido de las iniciativas emprendedoras. El mantenimiento de un marco regulatorio, administrativo, fiscal, financiero y cultural favorable a la empresa puede así coadyuvar a la generación y regeneración de un tejido productivo sólido y competitivo. 

Un entorno empresarial favorable propicia la aparición de nuevas empresas y la adopción por las ya establecidas de comportamientos dinamizadores (crecimiento, innovación, internacionalización, ...); pero al mismo tiempo eleva el atractivo del territorio como destino de inversiones de grandes empresas externas y contribuye a la retención de las previamente instaladas en él.

A este respecto, cabe señalar que España ocupa el puesto el lugar 33 (entre 189 países) en el mundo en función de las condiciones de su entorno empresarial según el informe Doing Business. En el último año nuestro país ha empeorado su posición en un puesto. España se sitúa en esta clasificación, elaborada por el Banco Mundial, justo por delante de Colombia, Perú o Montenegro.

La estrategia de mejora del entorno empresarial requiere de la actuación pública sobre los fallos del mercado y los fallos institucionales que constituyen obstáculos para las empresas. La regulación inadecuada, el mal funcionamiento administrativo, un sistema fiscal mal diseñado o la falta de una cultura emprendedora constituyen barreras para las empresas que la acción pública debe considerar y reparar. 

Especialmente destacables son los fallos en el funcionamiento del sistema financiero -derivados de situaciones de información imperfecta y asimétrica-, que dificultan el acceso al crédito a las pyme en comparación con las grandes empresas. Este sesgo en el racionamiento del crédito en perjuicio de las pyme limita la canalización eficiente de recursos financieros hacia proyectos ambiciosos e innovadores, que implican riesgos diferenciales. A este respecto, se abre un campo de actuación de singular relevancia para medidas de política financiera que corrijan y completen el funcionamiento autónomo de los mercados financieros, potenciando mecanismos específicos de financiación para las pyme (capital semilla, capital riesgo, sociedades de garantía recíproca, avales públicos, etc.). 

En cualquier caso, resulta indudable que en el nuevo modelo productivo deberían ganar peso las actividades de alto valor añadido asociadas al conocimiento, la creatividad y la innovación. Es por ello que la política económica para un nuevo modelo productivo debería fomentar la innovación empresarial y sentar las bases para que el conocimiento y la creatividad se incorporen con éxito a los procesos productivos. Con este fin, se justifican los esfuerzos dirigidos a mejorar el capital humano y tecnológico -activos productivos fundamentales en las economías basadas en el conocimiento-, así como a fortalecer los cauces institucionales que permitan la incorporación del conocimiento y la creatividad al sistema productivo. 

A este respecto, resulta estratégica la contribución de la Universidad. La vetusta institución universitaria está llamada a sumar en el siglo XXI una nueva función a sus clásicas responsabilidades en el plano docente e investigador: debe convertirse en una “Universidad emprendedora”. No sólo debe preocuparse de la generación y transmisión de conocimiento, sino que debe implicarse más directamente en su comercialización y en su aplicación al sistema productivo, bien a través de vínculos con las empresas existentes, bien a través de nuevos proyectos empresariales surgidos de ella (“spin-off”).

miércoles, 29 de abril de 2015

EMPRENDIMIENTO E IGUALITARISMO. TAN LEJOS, TAN CERCA

A primera vista, "emprendimiento" e "igualitarismo" parecen términos encuadrados en campos semánticos opuestos. Los emprendedores que tienen éxito obtienen una recompensa en el mercado, quedando en una posición económica más favorable que la de aquellos que fracasan o la de los individuos que no emprenden. En consecuencia, la actividad emprendedora genera una desigualdad de renta que resulta necesaria y se entiende justa en el marco de una economía de mercado. Esta desigualdad viene acompañada de una mejor situación del conjunto de la sociedad, en comparación con el resultado que se obtendría en un sistema sin libre empresa. 

Desde esta perspectiva, podría pensarse que en sociedades con una cultura más igualitaria la actividad emprendedora podría ser más débil que en sociedades donde predominan los valores jerárquicos (1). Sin embargo, la evidencia empírica indica justo lo contrario, como mostramos aquí y aquí.  En estos trabajos ponemos de manifiesto la presencia de mayores niveles de emprendimiento en los países donde predominan los valores igualitarios. Asimismo, la dimensión cultural igualitarismo-jerarquía también incide en la composición y características de los emprendimientos. En aquellos países con una cultura más igualitaria los emprendedores lo son en mayor medida por haber detectado en el mercado una oportunidad que consideran estimulante y lucrativa. Por el contrario, el predominio de valores jerárquicos favorece una composición de la actividad emprendedora con mayor presencia de emprendedores por necesidad, que encuentran en el emprendimiento una salida obligada a situaciones de desempleo o subempleo. En definitiva, en países con valores más igualitarios tiende a existir más actividad emprendedora y de mejor calidad.

El emprendimiento está vinculado naturalmente a la figura del empresario, pese a que éste no tiene porqué ser, ni haber sido necesariamente emprendedor. Y no en pocas ocasiones se asocia injustamente al empresario con el perfil del explotador o el rentista, es decir, individuos de clase socio-económica alta situados en una posición privilegiada a pesar de no contribuir a un bienestar social, que en muchos casos minan. Desde esta perspectiva, se tiende a relacionar la figura del empresario –por contraposición al trabajador- a situaciones de desigualdad económica y rigidez en la estratificación social. Esta identificación superficial bien podría ser de aplicación allí donde una cierta clase empresarial obstaculiza el funcionamiento de los mecanismos de mercado, desarrollando prácticas colusivas, parapetándose en oligopolios o cuasi-monopolios, amparados a veces en el poder político, y dando lugar a un “capitalismo de amiguetes” (crony capitalism). Indicios de este fenómeno amenazan a la economía y la sociedad española de modo inquietante (por ejemplo, esto). 

Sin embargo, el emprendimiento como actividad creativa que aumenta el bienestar social, generando valor económico y empleo,  puede además constituir una palanca efectiva para la movilidad social ascendente. No se percibe así con carácter general en la sociedad española, que tradicionalmente ha preferido ver en el acceso a la función pública la vía óptima de progreso personal y familiar.

Por el contrario, en EE.UU. la actividad emprendedora asume un rol primario en la percepción que los ciudadanos tienen de su país como “tierra de oportunidades”. El emprendimiento es el cauce a través del cual el sueño americano (“the American dream”) se puede convertir en realidad (al menos para algunos). En el modelo estadounidense se entiende que las oportunidades para el progreso de los ciudadanos surgen espontáneamente si se garantizan las libertades económicas y políticas individuales, preservándolas de la interferencia del Estado. Ello se plantea, no obstante, sobre el sustrato ideológico de una concepción igualitaria formulada explícitamente en la propia Declaración de Independencia de 1776:

“Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad."

En el modelo social europeo se asume, por el contrario, que las libertades formales son condición necesaria, pero no suficiente, para promover una auténtica igualdad de oportunidades. El Estado, garantizando el acceso de todos los ciudadanos a unos servicios básicos (especialmente, la sanidad y la educación), debe propiciar esa igualdad de partida, ampliando con ello la libertad real de los individuos.

En la práctica, parece que, frente a lo que pudiera ocurrir en otros periodos históricos, hoy por hoy el modelo europeo favorece una mayor movilidad social vertical que el modelo liberal norteamericano. EE.UU. ya no sería la tierra de las oportunidades que soñó ser, mientras que la vieja Europa mostraría una faz más inclusiva y abierta al progreso personal y social de sus ciudadanos (ver aquí).

En definitiva, el emprendimiento puede ser un mecanismo que favorezca la justicia y la movilidad social en el marco de una sociedad meritocrática que aspire a la igualdad de oportunidades (y no a una igualdad de resultados). No obstante, para ello se requiere de una acción efectiva del Estado en dos ámbitos. Por un lado, desarrollando instituciones transparentes y meritocráticas y defendiendo la competencia efectiva para evitar patologías como el capitalismo de amiguetes. Por otro lado, manteniendo políticas sociales que brinden la oportunidad real a todos los ciudadanos de progresar en función de su esfuerzo y de su talento, permitiéndoles aprovechar y desarrollar sus capacidades, con independencia de cual sea su origen y extracción social. El énfasis en la promoción del emprendimiento que se observa en nuestro país en los últimos tiempos debería venir acompañado de actuaciones consistentes en estos otros campos.


(1) Entendemos aquí por cultura igualitaria a la presente en aquellas sociedades donde los individuos son considerados como seres iguales, compartiendo el compromiso de cooperar con los demás y buscar el bien común. Por el contrario, consideramos que las sociedades jerárquicas son aquellas donde se asume como natural una distribución desigual del poder, los roles y los recursos.

martes, 31 de marzo de 2015

LOS SISTEMAS ECONÓMICOS Y BILLY WILDER

Los sistemas económicos representan modelos alternativos de organización social. Cada sistema se construye sobre unos mecanismos o procedimientos sociales específicos que permiten dar respuesta a tres cuestiones básicas: ¿qué producir? ¿cómo producirlo? ¿y cómo repartir lo producido?. Estas tres preguntas conforman el núcleo esencial del “problema económico”. Los diversos sistemas que existen o han existido a lo largo de la historia han propuesto soluciones distintas a este problema con mayor o menor éxito. Así pues, en el sistema capitalista la respuesta a estas preguntas se obtiene, de un modo descentralizado, a través de la institución del mercado, mientras que en el sistema comunista es el Estado, a través de la elaboración de planes económicos, el que decide.

La reflexión sobre los sistemas económicos se centró en el siglo XX en la contraposición entre estos dos sistemas rivales. Hoy día, ante la práctica desaparición del Comunismo (con trágicas excepciones como Cuba o Corea del Norte), el debate se centra en la crítica al Capitalismo, la búsqueda de alguna alternativa consistente al mismo, o el análisis de modelos híbridos como el Capitalismo de Estado, señalado como una de las claves del éxito económico de China en las últimas décadas. 

En este principio de siglo XXI hay quien aprecia un Capitalismo más consolidado y fuerte que nunca y también quien lo ve en crisis y vislumbra cercano su final. Unos lo consideran un sistema depredador y maléfico que esclaviza al hombre y destruye el medio; otros ensalzan sus virtudes y lo contemplan como el fruto sofisticado y definitivo de un proceso histórico de mejora en la organización de las sociedades humanas. En este sentido, para el politólogo estadounidense Francis Fukuyama el Capitalismo representa el "fin de la historia".

Lo que resulta a todas luces indiscutible es la superioridad técnica del sistema de mercado (a pesar de sus fallos) frente a la planificación central y también la capacidad del Capitalismo de movilizar las fuerzas productivas a través del papel de los incentivos económicos. Tampoco cabe duda de la tendencia del Capitalismo a generar desigualdades crecientes e inasumibles socialmente si no se introducen mecanismos correctores.

El Capitalismo no goza de buena reputación. Solo un 18% de los ciudadanos europeos, según este estudio, lo respalda y la sociedad española parece mostrar una posición especialmente anticapitalista.

Sin embargo, la bondad de un sistema económico no puede juzgarse en abstracto, sino en el contexto de su adaptación a la propia naturaleza humana: El motor del sistema es el ser humano, ese ente limitadamente racional, con sus grandezas y sus miserias, creador de muestras sublimes de belleza artística, capaz de actos asombrosos de heroísmo, altruismo y superación, pero también de las mayores atrocidades, del egoísmo más extremo, del “horror” que Joseph Conrad puso en la boca y el corazón del enigmático Kurtz en “El Corazón de las Tinieblas”. 

Es por ello que para reflexionar con profundidad sobre los sistemas económicos no basta con ser un buen economista técnicamente hablando, es necesario ser un gran conocedor del alma humana. Y nadie que haya visto sus películas pondrá en duda que Billy Wilder lo era. El director y guionista de origen austriaco, que escapó del nazismo para encontrar refugio en EE.UU., parodió al Capitalismo y al Comunismo en su obra de 1961 “Un, dos, tres” con una chispeante mezcla de humor delirante y fina sátira. 

El protagonista principal de la película es el señor MacNamara, jefe de ventas norteamericano de Coca-Cola en el Berlín occidental de la Guerra Fría. MacNamara sueña con el éxito profesional que le supondría la penetración de Coca-Cola en el bloque comunista, traspasando ese Telón de Acero que en Berlín cobraba la forma de un muro de hormigón. Un buen día el Presidente de Coca-Cola le pide a MacNamara que cuide de su hija durante una próxima visita a Berlín. El conflicto surge cuando ésta se enamora de un joven comunista del Berlín oriental, lo que MacNamara contempla desesperado como la ruina definitiva de sus planes de progresión en la compañía. El film nos muestra las peripecias del protagonista en su desvelo por deshacer la relación entre los dos jóvenes antes de que llegue a conocimiento del padre de la chica.

“Un, dos, tres” está plagada de diálogos vibrantes e impregnados de la profunda inteligencia característica del genio de Wilder. A título de ejemplo, en este fragmento el joven comunista define al Capitalismo como “una sardina muerta y podrida en la basura: reluce, pero apesta”. En otro diálogo, este mismo joven exclama escandalizado a un comisario de policía del Berlín oriental: “¡¡¿Acaso todo el mundo está corrompido?!!”; y éste último responde con un sarcástico “No conozco a todo el mundo”.

La película representa una irónica reflexión sobre los sistemas económicos… y muchas cosas más. Se trata de una obra imprescindible que nos habla, con una mezcla de acidez y ternura, de las imperfecciones de cualquier sistema, que no son sino el reflejo de la propia imperfección humana. Porque como reconoce la frase final de "Con faldas y a lo loco", otra de las grandes obras de Wilder, "nadie es perfecto". Y el Capitalismo tampoco.

jueves, 26 de febrero de 2015

ANDALUCÍA, ARISTÓTELES Y LA AMBICIÓN ECONÓMICA


El retraso económico que Andalucía mantiene con respecto a las regiones españolas y europeas más avanzadas tiene múltiples motivos y carece de explicaciones simples. A este respecto, cabe reflexionar sobre el papel que pueda jugar, entre otros muchos factores, la cultura y, en particular, una insuficiente “ambición económica”. 

Por “ambición económica” entiendo aquí el deseo ardiente de alcanzar unas mejores condiciones de vida a través del incremento de la renta y la riqueza. La ambición económica tiene manifestaciones diversas: En el caso de los trabajadores se proyecta sobre su afán por progresar en el plano laboral; en el caso de los empresarios se materializa en la actividad emprendedora y el crecimiento empresarial. 

Entendida en estos términos, la ambición económica, y muy particularmente la ambición empresarial, constituye un motor fundamental de la dinámica capitalista. Pero en cualquier sociedad este impulso económico se contrapesa con otras finalidades del comportamiento humano no vinculadas a la búsqueda de la riqueza material (el altruismo, el amor y las relaciones personales, el prestigio y reconocimiento social, las creencias religiosas, los valores éticos, entre otras). Estos otros factores motivacionales se encuentran también impregnados en la cultura y la forma de entender la vida de la población.

La ausencia de ambición económica representa un grave problema colectivo en tanto supone una condena a la pobreza. Una comunidad que se acomoda en la pobreza no puede progresar. Es una sociedad enferma. Sin embargo, ésta no es la única patología posible asociada a la ambición económica. 

En 1930 John Maynard Keynes en una conferencia pronunciada en Madrid bajo el título “Las posibilidades económicas de nuestros nietos” defendió que el problema económico dejaría de ser en el futuro una preocupación para la humanidad. Llegado ese feliz momento la acumulación de riqueza no tendría relevancia social y se producirían cambios substanciales en los preceptos morales. Profetizaba Keynes que

“el amor al dinero como posesión –a diferencia del amor al dinero como un medio de gozar de las realidades de la vida- será reconocido por lo que es, una morbidez, algo odioso, una de esas propensiones semidelictivas, semipatológicas, que uno entrega con un encogimiento de hombros a los especialistas en enfermedades mentales”.

El ilustre economista británico apuntaba aquí a otra manifestación deformada y enfermiza de la ambición económica: la pasión incontrolada e ilimitada por la riqueza. 

Así pues, para la ambición económica parece ser de aplicación lo que señalara Aristóteles en su “Ética a Nicómaco” en relación con otras pasiones o acciones humanas: “la virtud es un medio entre dos vicios, que pecan, uno por exceso, otro por defecto”. Según el propio Aristóteles, ese justo medio no viene dado por una única medida para todas las personas, sino que cada cual debe buscarlo respecto así mismo.

Lo cual me lleva, volviendo a Andalucía, al interrogante final: 

¿Se sitúa la sociedad andaluza en el justo medio de saludable ambición económica que le permita proveerse a sí misma de unas condiciones de bienestar material ajustadas a la medida de su particular idiosincrasia y actitud ante la vida? 

Aquí dejo mi pregunta, tuya es la respuesta.

Con Joaquín Guzmán en el recuerdo.

jueves, 29 de enero de 2015

ANDALUCÍA Y LOS FONDOS EUROPEOS: SOBRE EL HARDWARE Y EL SOFTWARE DEL DESARROLLO



A lo largo de las últimas décadas la solidaridad europea, materializada a través de la inversión de los fondos estructurales, ha contribuido decisivamente a transformar la sociedad andaluza e impulsar el desarrollo regional. La Andalucía de finales de los ochenta era un región con deficiencias severas en sus infraestructuras hidráulicas (restricciones de suministro de agua en épocas de sequía incluso en las grandes ciudades), mal articulada internamente (una viaje Sevilla-Jaén venía a representar poco menos que una aventura larga y peligrosa) y con malas conexiones con el resto de España (la era pre-AVE). Profundas carencias afectaban igualmente a las infraestructuras educativas, sanitarias y de ocio, con singular gravedad en las zonas rurales. 

La Andalucía de hoy es una región con unas infraestructuras de transporte, comunicaciones, medio ambientales y sociales comparables a las de las regiones avanzadas de la UE. El cierre de esta brecha profunda que nos separaba de la Europa más desarrollada no hubiera sido posible en un período tan corto, en términos históricos, sin la intervención de los fondos europeos. Europa nos ha ayudado crucialmente a dotarnos de lo que haciendo un símil informático representaría el “hardware” del desarrollo. 

El concepto de hardware hace referencia a los componentes tangibles (mecánicos y electrónicos) de un sistema informático. Pero incluso el hardware más sofisticado que pueda concebirse es incapaz de realizar tareas por sí solo. Se requiere para ello del “software” o conjunto de componentes lógicos organizados en forma de programas informáticos. Hoy por hoy Andalucía ha superado sus principales carencias de hardware. Sin embargo, sigue entre las regiones con mayores tasas de desempleo de toda la UE y su PIB per cápita se sitúa en torno al 75% de la media comunitaria. El reto actual consiste en dotarnos del software económico que permita aprovechar plenamente el potencial de los equipamientos e infraestructuras disponibles aproximando nuestra región a los niveles de renta y empleo de la Europa más avanzada. Y este software necesario cobra la forma de capital humano,  calidad institucional y capital emprendedor.  

La evolución seguida por la estrategia de desarrollo de Andalucía en relación con el uso de los fondos europeos desde su llegada a finales de los ochenta ha estado inspirada por este planteamiento. En los primeros períodos de programación los fondos recibidos se orientaron fundamentalmente a aumentar la conectividad de la región y facilitar el acceso a otros mercados a través de grandes inversiones en infraestructuras de transporte. Ciertamente lo primero era invertir en hardware: primero se compra el ordenador y luego se van adquiriendo los programas. Sin embargo, una vez que se construyeron las infraestructuras más importantes, los rendimientos esperados de los nuevos proyectos en este ámbito se fueron reduciendo e incluso pueden apreciarse hoy día excesos de capacidad en casos particulares. La estrategia andaluza en el uso de los fondos europeos ha ido evolucionado así en períodos sucesivos de programación cambiando el foco de atención hacia el campo de la empresa y la innovación. No obstante, hoy en día, los principales problemas de la economía andaluza siguen vinculados aún con el desarrollo empresarial, la innovación y la competitividad.

Particularmente, las deficiencias en la cultura emprendedora y el dinamismo empresarial han constituido una importante desventaja estructural para el desarrollo de Andalucía. Las múltiples y variadas acciones desarrolladas en el ámbito de la empresa, la innovación y el ajuste estructural han contribuido a ciertas mejoras en las dos últimas décadas, que se han visto afectadas inevitablemente por el impacto brutal de la crisis. Un análisis de los esfuerzos realizados en este campo (en el marco de los programas del FEDER) y sus resultados puede encontrarse aquí.

El espíritu emprendedor ha sido históricamente débil en Andalucía y existen obstáculos socio-culturales que dificultan la obtención de resultados substanciales de modo rápido en este ámbito. A este respecto, el papel de la educación en la transmisión de unas actitudes y una cultura emprendedora es crucial, pero sus efectos solo operan lentamente.  Algunos signos de cambio positivo se aprecian ya en la sociedad andaluza en términos de dinamismo emprendedor, pero mucho nos queda aún por mejorar en este plano.





viernes, 26 de diciembre de 2014

SOBRE LAS UVAS DE LA IRA Y LAS DE AÑO NUEVO

En breve la ingesta de doce uvas marcará la cuenta atrás en el inicio de un año nuevo que traerá, según indican las previsiones, un fortalecimiento de la recuperación económica en España. En la antesala a este cambio de calendario el gobierno actual se ha apresurado en despedirse de la misma crisis que con excesiva tardanza admitió el gobierno anterior

Más allá de la gesticulación política, cuando este triste episodio concluya, la sociedad española habrá afrontado lo que la historiografía contemporánea consagrará como una auténtica “depresión”, como la crisis económica más grave desde la Guerra Civil. Para varias generaciones de economistas el referente ineludible de la depresión como fenómeno económico lo constituyó la “Gran Depresión” que estallara con el “crack” bursátil de 1929 en EE.UU. Y la Gran Depresión tiene su gran novela: “Las uvas de la ira” de John Steinbeck.

Los protagonistas de esta obra son los Joad, una familia de agricultores del estado de Oklahoma a los que, como a otras muchas familias de la zona, los bancos embargan su propiedad por el impago de préstamos, siendo expulsados de su propia tierra y hogar. En este contexto las grandes compañías irrumpen en la región introduciendo una agricultura capitalista con sistemas de explotación mecanizados. Ante la falta de oportunidades de empleo, los agricultores de esta zona deprimida del “South Central” estadounidense optan por emigrar a California, donde se demanda mano de obra para la cosecha de los viñedos. 

Al llegar a su destino, los Joad encuentran una realidad no menos dura que aquella de la que escapan: la llegada masiva de emigrantes ha generado un exceso de oferta de mano de obra que condena a los agricultores a salarios de subsistencia, condiciones laborales deplorables y ausencia de derechos. A ello se une el rechazo de algunos colectivos de la sociedad local, que acosan a los emigrantes instalados en campamentos. Las ayudas establecidas por la Administración, en el marco del New Deal de Roosevelt, son insuficientes y no alcanzan al conjunto de los necesitados. En esta magnífica novela, Steinbeck reivindica el valor de la dignidad y la solidaridad humanas frente a la injusticia económica y social. La estremecedora escena que cierra la obra destila profunda amargura, no exenta de un cálido hilo de esperanza. 

Afortunadamente las condiciones materiales e institucionales han mejorado substancialmente desde los años treinta del siglo pasado. El desolador escenario descrito por Steinbeck para el EE.UU. de la Gran Depresión dista mucho del que observamos en la España de esta crisis que nos acometió embozada tras una burbuja inmobiliaria. Sin embargo, los paralelismos son inevitables: desahucios, desempleo masivo, emigración, rechazo de los inmigrantes, solidaridad familiar como mecanismo de supervivencia, situaciones de necesidad económica, dramas familiares e individuales,... La misma música estridente y luctuosa, aunque con una letra diferente, adaptada a otro tiempo.

La crisis española no tiene aún su gran novela, ni tampoco su punto final. Desde una óptica macroeconómica, hemos caído mucho y mucho tardaremos en recuperar los niveles anteriores al estallido de la crisis. Según el Servicio de Estudios del BBVA, España no recobrará el número de empleos previo a la crisis hasta 2025 y cabe esperar que mantendremos tasas de desempleo socialmente inaceptables por un período de tiempo dolorosamente largo.

Los datos y las estimaciones avalan la mirada optimista a un año que todas las opiniones coinciden en asociar a una aceleración del crecimiento económico. No obstante, la evolución de la economía española estará sujeta en los próximos tiempos a elevados riesgos e incertidumbres derivados del contexto europeo y mundial, así como a la intensidad y acierto de las reformas que necesitamos y debemos emprender. Lo primero nos vendrá dado, lo segundo dependerá de nosotros mismos. 

Desde un punto de vista microeconómico, la crisis tiene millones de rostros distintos. Para muchos españoles 2015 marcará efectivamente el final de la etapa de vacas flacas. Para otros ya lo hizo 2014. Algunos pocos habrán conseguido esquivar la crisis durante estos años con mínimos rasguños o incluso habrán sacado provecho de ella. Sin embargo, otros muchos españoles solo atisban aún en el horizonte el final de la pesadilla, mientras que algunas familias se enfrentan ahora a lo peor de “su” propia crisis. 

Así pues, a los afortunados que dejan la crisis atrás, he aquí mi enhorabuena. A los más desfavorecidos, mis deseos de entereza y fortaleza ante la adversidad. Espero que las uvas que cosechéis no sean de ira, sino de solidaridad, justicia y esperanza y que en 2015, con más o con menos, todos seamos juntos un poco más felices.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

TARJETAS OPACAS COMO EXPERIMENTO ECONÓMICO

En las últimas décadas la economía experimental y del comportamiento ha constituido un programa de investigación emergente en Economía. Esta rama de la ciencia económica se basa en el desarrollo de experimentos, individuales o en grupos, con el objetivo de probar la validez de teorías económicas o extraer conclusiones sobre el comportamiento humano en condiciones controladas de laboratorio. 

A los participantes en estos experimentos se les enfrenta a simulaciones de situaciones económicas reales en cuyo contexto se les asigna un rol (inversor, consumidor, trabajador, etc.) y se les trasmiten unas reglas de actuación como instrucciones. Frecuentemente se emplea dinero en efectivo para reproducir el papel de los incentivos económicos en el mundo real. Cada participante debe escoger entre varias opciones que implican ganancias monetarias distintas, dependiendo de la decisión del participante individual y, en muchos casos, de las decisiones del resto. 

Imaginemos pues el siguiente experimento: Seleccionemos a un grupo de individuos (idealmente deberían ser representativos del conjunto de la sociedad) y entreguémosle a cada uno una tarjeta de crédito con un límite máximo tasado. Indiquémosles que pueden disponer de ella a voluntad y que, en principio, no es necesario que declaren a Hacienda esas cantidades. Informémosles de que en todo caso la probabilidad de que la Administración Tributaria inspeccione esos ingresos y reclame el pago de las cantidades es de un 1%. Señalemos que experimentos anteriores muestran que los usuarios de la tarjeta consumen, como promedio, el 70% del crédito máximo establecido. Estudiaríamos a continuación el uso que los participantes hicieran de la tarjeta. 

Cabría esperar que algunos individuos rechazaran la tarjeta o no la emplearan. Consideremos este comportamiento como una estimación de lo que podríamos denominar “honestidad absoluta”. Supongamos que alcanzara a un 10% de los participantes en el experimento. 

Otros individuos agotarían el límite máximo de crédito disponible. Considerémoslo como una estimación de lo que podríamos denominar “deshonestidad absoluta”. Digamos que este comportamiento caracterizara a otro 10% de los participantes.

El resto de los individuos emplearían una cantidad de crédito variable pero inferior al máximo establecido. Esta autocontención se explicaría bien por escrúpulos de carácter ético, bien por el temor a alguna reconvención social (desprestigio, deterioro de la posición social, …) o sanciones legales (multas, penas, ...). 

A continuación imaginemos que modificáramos las condiciones del experimento: indicaríamos que la probabilidad de que Hacienda descubriera la operación y la calificara de fraudulenta es del 90% y que en experimentos anteriores el promedio de los participantes solo usó un 25% del crédito disponible.

Resulta fácil anticipar algunos de los resultados de tal experimento. En el segundo escenario la incidencia del comportamiento absolutamente honesto sería mayor, la incidencia del absolutamente deshonesto menor y la cantidad promedio dispuesta menguaría. 

En este experimento la probabilidad de detección del fraude actuaría como un indicador de la eficacia percibida de la Administración Tributaria. Por su parte, el promedio de crédito dispuesto por participantes en experimentos anteriores representaría una aproximación a lo que se asume como una conducta ¨normal¨ en ese contexto social, proporcionando una estimación del rigor de los estándares éticos.

Así pues, este experimento imaginario ilustra cómo el funcionamiento de una economía/sociedad depende de sus instituciones (reglas y organizaciones que las administran) y de su cultura ética. En sociedades con instituciones eficaces y con una sólida cultura ética la frecuencia de los comportamientos deshonestos es menor, así como su magnitud. Como consecuencia, los incentivos económicos orientan adecuadamente la decisiones de los agentes, armonizando los intereses individuales y salvaguardando el bienestar social. En ausencia de instituciones efectivas y de ética social, la deshonestidad genera ganancias para algunos individuos en perjuicio del conjunto de la sociedad.

El marco institucional puede ayudar a contrarrestar las tentaciones fraudulentas de los ciudadanos. Instituciones bien diseñadas y eficaces tienen el efecto benéfico de mejorar a las personas, protegiendo a los ciudadanos frente a la amenaza de su propia deshonestidad y la de los otros. Las instituciones mal diseñadas o ineficaces pueden, por el contrario, llegar a ser instrumentalizadas por los deshonestos para alcanzar sus propios objetivos.

Igualmente, una cultura ética bien asentada en la sociedad representa un activo económico de valor incalculable. La ética social genera un ahorro de recursos, limitando los costes asociados a la deshonestidad. Por el contrario, en sociedades donde se asiste a un deterioro generalizado de los estándares éticos, se puede llegar a pervertir la escala de valores de tal modo que los comportamientos absolutamente honestos sean percibidos como ridículos. Y como ya dijo Demócrito hace más de dos mil años: “Todo está perdido cuando los malos sirven de ejemplo y los buenos de mofa”.

miércoles, 22 de octubre de 2014

GRANDES EMPRESAS, PYME Y MARCA "ESPAÑA"

(Esta entrada recoge algunas ideas centrales de mi artículo con la Prof. María José Rodríguez publicado en Comillas Journal of International Relations bajo el título "Sobre la internacionalización de la PYME y su contribución a la imagen exterior de España")

En las últimas décadas la presencia internacional de las grandes corporaciones españolas ha podido contribuir positivamente a una mejor imagen exterior de nuestra economía. A este respecto, se suele interpretar que las grandes compañías actúan como “buques insignia” de la economía nacional. 

No obstante, las grandes empresas españolas tienen una presencia global limitada en términos de posicionamiento de sus marcas. Solo la marca Zara se situó entre las 100 con mejor reputación en el mundo en 2013 según el ranking que elabora la consultora Reputation Institute. 

Por otro lado, especialmente en Latinoamérica, segundo mayor destino de la inversión española en el exterior, las grandes empresas españolas se enfrentan a una cierta animosidad derivada de factores históricos. En algunos países latinoamericanos la presencia de estas grandes corporaciones en sectores básicos para los consumidores y el sistema productivo (energético, telecomunicaciones, suministro de agua, infraestructuras, banca, etc.) ha podido consolidar en las últimas décadas ciertas percepciones negativas asociadas a la imagen de España. 

Asimismo, el proceso de globalización empresarial está dando lugar a grupos transnacionales en los que resulta cada vez más discutible asociar la empresa a una nacionalidad. Este proceso afecta también a las grandes corporaciones españolas que, en algunos casos, muestran una elevada penetración del capital extranjero en su accionariado y obtienen más beneficios, tienen más empleados o invierten más en el extranjero que en la propia España.

En estas circunstancias, cabe preguntarse hasta qué punto siguen siendo “españolas” algunas grandes empresas “españolas”. A título ilustrativo, el propio Presidente de Iberdrola, afirmó en una comparecencia pública en Londres en febrero de 2014: “Somos más británicos, americanos y mexicanos que españoles”, en alusión al peso de cada negocio en las cuentas de la empresa.

Las grandes empresas en muchos casos prefieren proyectarse como corporaciones globales y no identificarse con una marca-país. De este modo, ciertas grandes compañías españolas, en su intento de consolidar marcas globales mundialmente reconocidas y percibidas con atributos positivos, podrían tratar de escapar de posibles percepciones instrumentales negativas asociadas a la imagen-país de España como una economía frágil y periférica en la UE. 

Fuente: Elaboración propia a partir de la Encuesta sobre Estrategias Empresariales (Fundación SEPI, 2014).

Por su parte, las PYME españolas muestran un nivel de internacionalización por debajo del observado en las grandes empresas; sin embargo, están incrementando significativamente su presencia en el exterior en un proceso que cabe esperar continúe y se fortalezca en los próximos años (véase gráfico adjunto).

En este contexto, la imagen exterior de España puede dejar de gravitar tan estrechamente sobre las grandes corporaciones de origen nacional y quedar vinculada de manera creciente a las PYME. De este modo, podría recaer en estas últimas en el futuro la responsabilidad de mejorar la percepción internacional de la economía española, asociándola a connotaciones de eficiencia económica. Por su propia naturaleza, las PYME se encuentran más estrechamente vinculadas a la marca “España” y dependen también más de ella.

miércoles, 8 de octubre de 2014

LOS BUDDENBROOK Y LA PRESUNTA MALDICIÓN DE LA EMPRESA FAMILIAR


Una empresa es un ser vivo, una forma elemental de vida económica. Como tal, toda empresa nace, crece, eventualmente se reproduce (eso que en terminología anglosajona se conoce como spin-off) e inevitablemente muere. Ninguna empresa puede esquivar este desenlace, pero sobre las empresas familiares parece pesar un mal congénito que limita fatalmente su existencia condenándolas a la extinción antes de superar la tercera generación. De este modo, según datos del Instituto de Empresa Familiar para el caso español, el 50% de las empresas familiares alcanza la segunda generación y solo el 15% sobrevive a la tercera.

Esta “maldición” de la empresa familiar se encuentra estrechamente vinculada al problema de la sucesión del empresario. El proceso de reemplazo generacional con frecuencia plantea conflictos familiares irresolubles o sitúa al frente de la organización a individuos con escasa vocación empresarial, poco arrojo e ilusión, o habilidades insuficientes para asumir con éxito el liderazgo y buen gobierno del negocio.

Mucho han discutido los economistas de la empresa sobre esta cuestión, pero nadie ha podido ilustrar tan magistralmente la problemática de la empresa familiar como el escritor alemán Thomas Mann en su novela “Los Buddenbrook”. 

La obra, ambientada en la ciudad alemana de Lübeck a mediados del siglo XIX, narra las vicisitudes de una familia de comerciantes a lo largo de cuatro generaciones que van marcando la decadencia y el ocaso final del negocio. Esta novela, que Mann escribiera con solo veinticinco años, fue el principal mérito alegado por la Academia Sueca para conceder a su autor el Premio Nobel de Literatura.

El destino trágico de la empresa familiar queda sublimemente simbolizado en “Los Buddenbrook” en una premonitoria escena que sitúa al niño Hanno Buddenbrook, el hijo único llamado a heredar el negocio, frente al preciado cuaderno donde se recoge el árbol genealógico y se anotan los grandes acontecimientos familiares. 

Nos cuenta entonces Mann como Hanno “(…) colocó la regla debajo de su nombre, recorrió con la mirada todo aquel entramado genealógico una vez más y, con gesto sereno y sin pensar en nada, tan cuidadosa como mecánicamente, trazó una bonita y limpia doble línea con el plumín atravesando en diagonal todo el espacio restante, tal y como le habían enseñado en el colegio a adornar las páginas del cuaderno de matemáticas.” Y cuando su padre, el senador Thomas Buddenbrook, le recrimina indignado su acción, Hanno solo puede a duras penas balbucear: “Es que… yo creí que…, creí que después ya no venía nada más…”.

Sin embargo, no todas las empresas familiares sucumben a este mortal maleficio. La más antigua del mundo, la hotelera japonesa Hoshi Ryokan, cuenta nada menos que 1289 años de existencia. En el selecto grupo de las empresas familiares más longevas se encuentran dos compañías españolas: Codorníu, con más de cinco siglos de vida, y Bodegas Osborne, con más de 200 años de antigüedad. Curiosamente, la firma andaluza fue fundada por otro Mann, el británico Thomas Osborne Mann, en 1772. 

Asimismo, algunas de las mayores corporaciones internacionales nacieron como empresas familiares y en alguna medida siguen siéndolo tras protagonizar brillantes trayectorias empresariales. Baste citar casos como los de Wall-Mart, Ford Motor Co., LG Group, Hyundai Motor o las españolas Banco Santander, el Corte Inglés, Mercadona, Fomento de Construcciones y Contratas (FCC) o Inditex (Zara).

La vida de las empresas, como la de las personas, desemboca más tarde o más temprano en su desaparición, pero antes se ofrece como una página en blanco con infinitas posibilidades. Quizás la mayor trascendencia posible para unas y otras consista, como en el caso de “Los Buddenbrook”, en llenar esas páginas con bellas historias. Puede que eso sea todo a lo que quepa aspirar. Puede que quepa aspirar nada menos que a eso.